Corría el año 89, ya ha llovido, ya, cuando alguien me hizo un favor. Un favor de esos que no te hacen todos los días. Un favor sobre algo que tú por ti mismo no puedes solventar. Uno de esos que te hacen preguntarte «¿Por qué a mí? ¿Qué quiere a cambio?».

Es desconcertante. Todo el mundo parece hacer todo a cambio de algo. Pareciera que todos estamos inmersos en un juego de esos de suma 0. Ya sabéis, como la economía, la cantidad de lo que se debe es igual a la cantidad de lo que se paga. La suma de la masa monetaria es igual a la suma de la deuda… ¿Quién no ha oído decir o ha dicho eso de: «¿Yo? Si no me pagan no me muevo, que yo no soy imbécil, oiga, que yo trabajo por dinero, etc. etc.»? dicho, además, en tono de orgullosa suficiencia, de tenerlo como muy claro, vamos.

Entonces llega alguien y te hace un favor. Pero uno de verdad. Uno de esos que al que lo hace le cuesta tiempo y dinero sin recibir nada a cambio… y tú, receptor, te quedas con cara de tonto y sintiendo que debes no sabes qué a alguien que no te ha pedido absolutamente nada a cambio.

Unos días después, en aquella terminal de aeropuerto donde nos despedimos sabiendo como sabíamos que tal vez, como así ha sido, no nos volveríamos a ver nunca, intenté decir al menos lo importante que para mí había sido aquello.

-No sé cómo te voy a devolver esto. Algún día, yo… -intenté decirle.

-¡¡Shhhh!! -me calló la boca poniendo un dedo sobre mis labios.

Y luego, cuando me esperaba aquello de «No ha sido nada, no me debes nada», que la cortesía parece imponer, me sorprendió diciendo:

-En el pasado ha habido personas que me han ayudado a mí. Ahora yo te ayudo a tí. Si sientes que estás en deuda, haz un favor a alguien que no sea yo… Entiéndelo, si tú me devuelves el favor, estamos haciendo algo cerrado, muerto, que se queda ahí. Es mucho mejor expandirlo por el mundo.

-«Pero…»

-Sin peros. Si sientes que has recibido un favor, hazte digno de él. Merécelo.

Y así fue como me encontré de repente inmerso en una larga, anónima y maravillosa «cadena de favores» -Nada que ver con la película de tal nombre, os recuerdo que corría el año 89- que he procurado mantener toda mi vida. Desde entonces, en lo que he podido, he esparcido ese favor cuando he tenido oportunidad a quien he tenido oportunidad.

Esto me ha enseñado algunas cosas buenas -por ejemplo, que hacer un favor te hace poderoso que al fin y al cabo los favores los hace quien puede-, y otras no tanto. Porque igual que el favor te hace poderoso, pone al otro en deuda y eso, amigo mío, hay quien lo lleva mal. A veces muy mal.

Cuando te decides a hacerlo debes de verdad, de verdad, hacerlo porque te sale de dentro. Que tu único pago sea la oportunidad de dar… porque puedes perder un amigo con ello. Puedes ganar un enemigo con ello. Creedme a mí me ha pasado…

Y si podéis, que el otro no sepa lo que os ha costado, en tiempo, esfuerzo o dinero, da igual. Que estamos hablando de actitudes, no de esfuerzos. Si pones el esfuerzo sobre el tapete estás entrando en el juego de suma 0 otra vez.

Lo haces porque puedes, porque quieres. Punto.

Y explicad muy bien eso de «a mí no, pásalo a otro», que le da sentido a todo el rollo. Con ello, además, os hacéis merecedores del favor que un día os hicieron. Ya fuese un consejo, una cantidad de dinero, un trabajo, un rato de compañía… lo que fuese. Al recibirlo os hicisteis portadores de una pequeña luz cuyo único sentido es expandirse.

Y no esperes resultados, que tu acción empieza y finaliza en ti. Lo que el otro haga con lo recibido, es cosa suya. Es su tarea hacerse merecedor de ello, no la tuya.

Pero, por favor, acabad de una vez con ese equilibrio infame de lo comido por lo servido. Podemos hacer cosas, podemos expandir nuestro esfuerzo. Frente a la mezquindad los que buscan ganar sin esfuerzo, planta tú, de vez en cuando, el poder, la capacidad, de esforzarte sin ganar. Que, curiosamente, vale la pena.